
Ayer fue un día bueno, de salir con amigos, de conversaciones en torno a mesas de mucha diversidad, y en balcones nocturnos donde el cielo estrellado bajo un clima de calor agradable permitían a la mente divagar, descubrir matices, y simplemente sonreír.
Primero me encontré en los pastos de mi Universidad sentado disfrutando del momento de conversaciones difuminadas, palabras disparadas al azar sin mayor sentido, simplemente compartiendo… luego fui a un local, al Go!, a tomarme unas chelas con mi amigo Javier… y de ahí comenzó la travesía.
Me encontré al rato después con gente desconocida, perteneciente al rubro artístico, un grupo de unas 10 personas, mayoritariamente mujer tituladas de Arte muchas. En aquel departamento no pude despegarme de dos cuadros pintados por la dueña de casa. El primero un cuadro de un adolescente en un baño, inmóvil, detenido el tiempo, su boca abierta la mirada en blanco, el retrete detrás, el espejo por delante, y una sensación de esas que te producen un nudo en la garganta. Que increíble sensación me producía el cuadro, una sensación rara que me obligaba a sentarme de frente a él, detener la mirada y simplemente tratar de obtener la percepción más certera de cada pequeño cambio de luz, de cada trazada.
En oposición a ese cuadro existía otro que también encontré magnífico, una chica dibujada con una larga polera blanca, frente a una puerta cerrada y dándole la espalda a los espectadores, la polera no cubría completamente sus glúteos y dejaba entre ver su bikini, la posición frente a la puerta el cómo enfocaba el cuadro esa imagen, y la increíble demostración de anatomía hacían el observar ese cuadro algo increíble. El no visualizar el rostro de la chica permitía instaurar desde la imaginación del espectador a cualquier mujer que en nuestros recuerdos calzara con el panorama.
Al rato, me encontré en el balcón, acompañado de ese cielo infinito y recordé “proyectos fotográficos” que me gustaría alguien hiciese, sueños obtenidos de la percepción que me otorgan mis queridos pacientes. Recordé imágenes que nunca dejan mi recuerdo, los pacientes en espera de quimioterapia, la diversidad que se observa, la increíble riqueza de vivencias y emociones. Siempre me ha marcado la experiencia femenina de las pacientes que van a la quimio, tal vez porque para ellas existen efectos secundarios asociados a la quimio que siempre he pensado tienen una trascendencia tan profunda para el sexo femenino. Las 3 realidades… la mujer que va con todo su pelito, a su primera quimioterapia y saber que comenzará a perder su cabello, la otra mujer que está en plena quimioterapia con su pañoleta en la cabeza, y la mujer que está en su última quimioterapia y que sabe que su cabello comenzará a crecer nuevamente. Me cuesta tratar de imaginar la alegría inconmensurable, que implica ir avanzando poco a poco el proceso pero trato de hacerlo, de aunque sea descifrar una pequeña parte de ello, y a su vez de entender el simbolismo mágico que cobra vida para esas mujeres en relación con su cabellera, un atributo tan apreciado por el sexo femenino.
En fin, percepciones, sueños, pequeñas divagaciones, matices increíbles de cada parte de la vida.
Adoro poder descubrir aunque sea el más mínimo de ellos.





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